Si un alienígena nos observara desde algún exoplaneta lejano, no vería la Tierra como un punto azul pálido, sino que, probablemente, la imagen que le llegaría sería la de un mundo hiperiluminado y brillante en el que la noche está desapareciendo.

Las imágenes tomadas por satélites y astronautas de la Estación Espacial Internacional revelan que una décima parte de la superficie terrestre está iluminada artificialmente cada noche y que esa proporción aumenta hasta un 23% si se tiene en cuenta el resplandor que emanan las ciudades.

Considerando que siete partes del planeta están cubiertas por mares y océanos, esas cifras implican que ya casi no quedan rincones a oscuras. Y los que hay se van reduciendo. Un estudio reciente en Science Advances constataba que tanto el brillo como la superficie de la Tierra alumbrada aumentan a razón de un 2,2% cada año.

Detrás de ese incremento está la introducción de los LED, una tecnología cada vez más popular por su, en teoría, eficiencia. “Como con el uso de esta tecnología se reduce la factura, las ciudades en lugar de ahorrar se han dedicado a poner más y más luz, sobreiluminando aún más y agravando el problema de contaminación lumínica”, se lamenta el astrofísico Salvador Ribas, director científico del Parc Astronòmic del Montsec.

Esa sobreiluminación supone un derroche energético, una pérdida del patrimonio cultural de la humanidad, que ya no puede contemplar el firmamento, y un obstáculo importante para la observación científica. Además, tiene importantes repercusiones sobre la salud humana y de los ecosistemas. Y es que no sólo hay más luz, sino que esa luz tiene un componente azul elevado que es "precisamente, lo que genera problemas medioambientales y se asocia a enfermedades como el cáncer”, apunta Ribas.

El LED, cuyo diseño valió el premio Nobel de Física en 2014 a sus inventores, es un chip que emite una luz de base azul y que se puede tratar aplicando capas de fósforo para así obtener otros colores.

“El que se utiliza en el alumbrado público da una luz blanca, pero contiene un componente azul importante, que varía en función de la temperatura de color. Las luces blancas cálidas, típicamente de 3000 Kelvin, son más suaves y agradables, y tienen menos componente azul. Las blancas más frías, de 5000 o 6000 Kelvin, son más azuladas y, por tanto, más contaminantes”, explica Manuel García, profesor de la Escuela de Ingenieros Industriales de la Universitat Politècnica de Catalunya (UPC). “Por el contrario –puntualiza-, las más azuladas son más eficientes energéticamente que las cálidas”.

El componente azul de la luz blanca de los LED, indica Alejandro Sánchez de Miguel, astrofísico de la Universidad de Exeter, en Reino Unido, se difunde más rápido por la atmósfera que otros colores, se ve a más distancia y contribuye más al resplandor que envuelve muchas ciudades. “Barcelona se ve desde las Baleares. De hecho, se puede navegar desde Mallorca de noche hasta la capital catalana sólo siguiendo su luz”, destaca.

Este tipo luz impacta y altera el reloj biológico interno por el que nos regimos todos los seres vivos que poblamos la Tierra y que dicta cuándo comer, dormir, reproducirse, migrar. En el caso de la vida salvaje, se ha documentado cómo las luces de las ciudades confunden a las especies migratorias, que suponen un 30% de los vertebrados y un 60% de los invertebrados. También la vegetación se ve afectada: los árboles florecen prematuramente porque el alumbrado público los estimula para germinar antes, lo que los hace vulnerables a las temperaturas frías y provoca desencuentros con los insectos polinizadores.

En humanos, la exposición a luz artificial y en particular al componente azul de los LED se relacionó con enfermedades cardiovasculares y metabólicas, como diabetes, hipertensión y obesidad; también con depresión, dificultades para concentrarse, y cáncer.

En el ojo humano hay unas células fotorreceptoras, además de los conos y los bastones encargados de la visión, cuya misión es precisamente sincronizar el ritmo circadiano. Para ello, envían señales al cerebro instándole a producir o a inhibir neurotransmisores y hormonas, como la melatonina, en función de si es de día o de noche. Esa hormona, la melatonina, es clave para inducir el sueño e instar al organismo a arrancar el proceso de reparación y renovación celular. Esos fotorreceptores son sensibles a la luz alrededor de los 450-460 nanómetros y, desafortunadamente, coincide con el pico de energía en azul de la luz LED.

 

Hasta el momento, el impacto de la luz artificial sobre la salud se había estudiado en casos extremos, como trabajadores de turno de noche, que suponen un 15% de la población, y la mayoría de investigaciones habían hallado una correlación entre un riesgo incrementado de cáncer de mama y próstata, y la exposición a luz artificial.

“No hace falta tener un foco enorme de LED delante toda la noche para que te afecte la luz. En un estudio con enfermeras del turno de noche que trabajan en ambientes que no estaban muy iluminados, como cuidados intensivos, se midieron los niveles de melatonina y se vio que también estaban alterados”, apunta Manolis Kogevinas, al frente del programa de cáncer del Institut de Salut Global de Barcelona (ISGlobal).

 

Aunque la población general no está tan expuesta a luz artificial como los trabajadores por turnos, también se ve afectada. En agosto de 2017 un estudio de la Universidad de Harvard alertaba que las mujeres que viven en barrios con un nivel más elevado de iluminación nocturna tienen un riesgo incrementado de sufrir un cáncer de mama.

Un asociación que también encontraron los investigadores de ISGlobal: analizaron una muestra de 1.500 mujeres con cáncer de mama y 1.300 hombres con cáncer de próstata, residentes en Barcelona y Madrid, de quienes sabían sus coordenadas geográficas.

A partir de fotografías de ambas ciudades tomadas por astronautas de la Estación Espacial Internacional, transformaron la intensidad y el espectro de luz en un índice de supresión de melatonina. De eso se encargaron Sánchez de Miguel y Martin Aubé, astrofísico de la Universidad Cegep de Sherbrooke, en Canadá.

“Combinando la información de color de las imágenes, somos capaces de estimar, desde el espacio, la supresión potencial de melatonina de la luz que entra en las habitaciones de la gente en las ciudades. Hay que tener en cuenta que la luz azul entra en el ojo incluso cuando éste está cerrado”, explica Aubé.

A continuación superpusieron el mapa con el índice de supresión de la melatonina encima de las coordenadas de cada participante en el estudio. “El porqué no lo sabemos, porque no hemos estudiado el mecanismo, pero hemos observado que existe un riesgo significativo incrementado de sufrir cáncer de mama y de próstata para aquellas personas expuestas a un mayor índice de luz azul”, asegura Ariadna García, investigadora posdoctoral en ISGlobal, que prefiere no dar cifras concretas hasta que se publique la investigación.

A pesar de las cada vez más abundantes evidencias del impacto de la luz azul sobre la salud humana y el medioambiente, la implantación de LED en las ciudades va en aumento. “El problema no son los LED, sino el uso que hacemos de ellos”, puntualiza Ribas, para quien “si usáramos LED muy cálidos, o ámbar, más parecidos a las lámparas de sodio que hay en la mayoría de calles de las ciudades del mundo, no tendríamos este problema”.

Para García, de la UPC, optar por un tipo de LED u otro, o incluso substituir las actuales y eficientes bombillas de vapor de sodio de alta presión actuales, pasa por evaluar diferentes pesos en una balanza.

En ese sentido, también la industria también comienza a apostar por los LED cálidos. “Hace cuatro años recomendaban los LED más fríos, de 6000 K, pero desde hace un año y medio, seguramente influidos por los estudios acerca del impacto de esta luz en la salud humana, han comenzado a recomendar el uso de LED cálidos y a incluirlos en sus catálogos”, afirma Ribas, que apunta que “también habrá influido el hecho de que ya se han deshecho del esto de LED fríos con que contaban y ahora necesitan comenzar a vender nuevas bombillas”.

El problema es, insiste Josep Maria Ollé, profesor de luminotecnia en la Universitat Rovira i Virgili (URV), que “lo que ya se ha instalado, no se va a tocar en los próximos 20 años. Los ayuntamientos no tienen dinero para ello. Así es que muchos municipios que instalaron nuevos alumbrados hace 4 o 5 años, contarán con iluminarias con LED de mala calidad, poco eficientes y que puede tener una afectación sobre la vida humana y el medio ambiente”.

 

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